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para la articulación Universidad - Escuela Media

LENGUA Y REDACCIÓN
Prof. Jorge Bosch

MODALIDAD TUTORIAL
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CLASE 3. Periodismo y Literatura. Semejanzas y diferencias entre ambas modalidades de escritura. Concisión y objetividad. 

SEMEJANZAS Y DIFERENCIAS

Semejanzas 

  1. En ambos casos se debe escribir correctamente, es decir, respetando las reglas gramaticales y ortográficas. 

    En este sentido cabe reconocer que, en términos generales, el periodismo escrito argentino es bastante correcto. Conviene tomar en cuenta, sin embargo, las incorrecciones más habituales
    1. En muchas ocasiones se usa el pronombre en singular, le, cuando corresponde el plural les. Ejemplos: (a) ETA no le quitará el rol clave a los nacionalismos. (El Día, de La Plata, 12-3-2000, título en página 3.) El pronombre “le” se refiere a “los nacionalismos” y en consecuencia debería sustituirse por “les”. (b) ...busca el narrador rescatar algo que le hable a sus deseos. (La Nación, de Buenos Aires, 12-3-2000, pág. 1 de la sección 6ª, dedicada a Cultura. Nota de Edgardo Cozarinsky, penúltima línea). Si la frase fuera “busca el narrador rescatar algo que le hable”, estaría bien porque el pronombre “le” se referiría en tal caso al narrador; pero en la oración transcripta dicho pronombre se refiere a “sus deseos”, que es plural. Este ejemplo es particularmente notable porque está tomado de un texto perteneciente a un destacado intelectual de vasta cultura, escritor y cineasta. Puede ser un error de dactilografía.Con respecto a este uso del pronombre “le” cabe hacer un comentario más general: dicho uso es redundante y sólo debería admitirse cuando se desea poner un particular énfasis en el complemento indirecto (los nacionalismos en el primer ejemplo y sus deseos en el segundo). En los dos ejemplos mencionados no parece estar justificado el uso del pronombre, pues es evidente que las frases pueden redactarse así: ETA no quitará el rol clave a los nacionalismos y ...busca el narrador rescatar algo que hable a sus deseos, con lo cual no se pierde nada del significado y se gana en elegancia.

    2. Hay confusiones de género. Una de las más comunes se refiere a la palabra “automotriz”, que es de género femenino pero se la suele emplear como si fuera de género masculino.

      Ejemplo: Hay problemas en el sector automotriz.

      Si se quiere mantener la estructura de la oración se debe escribir:

      Hay problemas en el sector automotor.

      O bien, sin conservar totalmente la estructura:


      Hay problemas en la industria automotriz.
      (Obviamente, no es lo mismo sector que industria, de modo que no siempre es aconsejable esta versión).

      Otros ejemplos de uso correcto son:

      La fuerza motriz de la campaña fue el entusiasmo
      , y El elemento motor de la campaña fue el entusiasmo.

    3. Bastante a menudo se escribe de acuerdo a en vez de de acuerdo con, que es lo correcto. 

      Ejemplo:
      El empleado actuó de acuerdo a las instrucciones recibidas.

      ¿Por qué corresponde decir “de acuerdo con” y no “de acuerdo a”? Por razones de homogeneidad: si decimos “Estoy de acuerdo con usted” y no “Estoy de acuerdo a usted”, no hay ninguna razón para cambiar la preposición “con” por “a” en otros usos análogos de la expresión “de acuerdo”.

    4. Dequeísmo y queísmo. Se llama dequeísmo al vicio consistente en emplear la expresión “de que” cuando corresponde “que”, y queísmo al vicio inverso. Hay una regla general, inspirada también en razones de homogeneidad, que permite establecer en qué casos corresponde “de que” y en qué casos corresponde “que”. Aclaremos ante todo que lo que está “en duda” es el uso de la preposición “de”, pues estamos analizando casos en los que figura la palabra “que”. Para saber si corresponde anteponer o no la preposición “de” a la palabra “que”, la regla indica que se deben formar dos expresiones del tipo siguiente:

      EXPRESIÓN INICIAL  –  de  –  una cosa

      EXPRESIÓN INICIAL  -  una cosa
          
       
      Explicación
      : La expresión “una cosa” que aparece al final y en minúscula se debe mantener tal cual es en las aplicaciones de la regla, sin cambiarla por otra. Por ejemplo, si queremos averiguar si se debe decir “pienso que” o “pienso de que”, aplicamos la regla de este modo:

      Pienso de una cosa

      Pienso una cosa   

        

      Si la primera es la correcta corresponde usar “de que”; si lo es la segunda, corresponde solamente “que”. Es evidente que, en este ejemplo, la segunda oración es la correcta y entonces no corresponde usar “de que” a continuación de “pienso”, sino simplemente “que”. Si se dice “pienso de que” se incurre en dequeísmo. Veamos ahora si corresponde decir “se dio cuenta de que” o “se dio cuenta que”.

      Aplicamos la regla:


      Se dio cuenta de una cosa

      Se dio cuenta una cosa     

      Es evidente que la primera oración es la correcta y entonces corresponde usar “de que” a continuación de “se dio cuenta”. Si se dice “se dio cuenta que” se incurre en queísmo. La “duda” entre “que” y “de que” aparece generalmente a continuación de ciertos verbos o expresiones verbales (Pienso, se dio cuenta, etc.), pero puede presentarse también en el caso de sustantivos. Por ejemplo: ¿se debe decir “la suposición de que mañana llueva” o “la suposición que mañana llueva”? Apliquemos la regla:

      Suposición de una cosa

      Suposición una cosa


      Se ve que la primera frase es la correcta y que, en consecuencia, corresponde decir “la suposición de que mañana llueva

      Vale la pena observar que, tanto en el periodismo como en la literatura, el dequeísmo es en la actualidad muy poco frecuente, pero en cambio el queísmo abunda: me doy cuenta que, me acuerdo que, te prevengo que, te informo que, etc. Como caso especial conviene notar que, si bien la expresión verbal “me acuerdo” exige la preposición “de”, el verbo “recuerdo” no la admite. Se debe decir “Me acuerdo de que tú estabas presente” y “Recuerdo que tú estabas presente”. Con "informar" sucede algo parecido: son correctas las expresiones te informo de que e informo que. Todos estos casos se resuelven con la regla práctica mencionada más arriba.

    5. Otras expresiones de mal uso frecuente son: “en base a” en vez de la correcta “sobre la base de”, y “bajo el punto de vista” en vez de la correcta “desde el punto de vista”. La razón en ambos casos se vincula con el significado de los términos. En el primer caso, no se construye algo en una base sino sobre una base; y en el segundo caso, si uno se coloca bajo un punto de vista corre el riesgo de no ver nada o de ver algo equivocadamente.

  2. Tanto en el periodismo como en la literatura es recomendable no usar expresiones demasiado obvias y trilladas, como por ejemplo:

    El niño, con la inocencia propia de su edad, siguió al hombre


    Rápido como el rayo, se abalanzó sobre su presa

    El manto negro de la noche
    se extendió sobre la ciudad


    Aunque las expresiones obvias resultan siempre de mal gusto, algunas son más tolerables en el periodismo que en la literatura. Por ejemplo:


    El asesino, poniendo en evidencia su crueldad, le aplicó veinticinco puñaladas


    Distinta es la situación si se relatan los hechos objetivamente (El asesino le aplicó veinticinco puñaladas) y luego se hace un comentario, por ejemplo: Esta crueldad llamó la atención del juez. En este caso no hay objeciones. A su vez el juez, que está obligado a fundamentar cuidadosamente sus afirmaciones, puede decir y escribir, válidamente: El hecho de que el acusado haya aplicado veinticinco puñaladas a la víctima pone en evidencia una crueldad que lo hace sumamente peligroso. En este caso, mencionar la crueldad sirve al juez como fundamento para su afirmación acerca de la peligrosidad del reo.

 

Diferencias 

  1. En el periodismo, tanto el relato de los hechos como los comentarios están fuertemente condicionados por la claridad, la objetividad, la razonabilidad y la lógica, las cuales no constituyen pautas obligatorias para la literatura, sobre todo para la poesía y la literatura de ficción. El género literario en el que mayor vigencia tienen esas pautas es la narrativa realista (cuento o novela). El desarrollo de una narración literaria de corte realista debe ceñirse tanto como un relato periodístico a las condiciones de razonabilidad y de lógica: la razonabilidad exige que lo que se cuenta y lo que se supone acerca de lo que se cuenta sea creíble y no parezca un mero fruto de la fantasía (aunque lo sea, en el caso de la literatura); la lógica exige que no haya contradicciones y que las deducciones que se efectúen sean correctas. La objetividad y la claridad merecen explicación aparte. En el periodismo ambas son imperativos inexcusables, tanto para el relato de hechos como para los comentarios y los análisis. En la narrativa realista se debe dar la impresión de objetividad pero con respecto a una obra de ficción no cabe hablar de objetividad en sentido estricto. En cuanto a la claridad, tampoco es estrictamente necesaria en la narrativa realista. Puede ser que algunas frases sean muy elaboradas, complejas e inclusive oscuras, sin que ello disminuya la calidad literaria del texto.

    Para la poesía y la narrativa no realista no vale ninguna de las cuatro exigencias (claridad, objetividad, razonabilidad y lógica). Por otra parte, el ensayo es un género literario en el que el autor vierte sus opiniones acerca de uno o varios temas; el respeto por la lógica es imprescindible pero la exigencia de razonabilidad es menos estricta: las opiniones de un ensayista pueden parecer muy poco razonables e inclusive descabelladas, pero ello no necesariamente quita valor literario al texto y, además, éste puede tener interés por la forma en que el autor defiende sus creencias. Tampoco la objetividad es exigible en toda obra ensayística, pues ésta puede consistir, en variable medida, en impresiones subjetivas del autor. La claridad es deseable pero se admiten ensayos cuya construcción dé lugar a ciertas oscuridades. El género ensayo es tan vasto que, mientras por un extremo se acerca a una exposición científica, por otro puede lindar con la poesía. De más está decir que en esta extensa gama las exigencias de claridad, objetividad, razonabilidad y lógica están sometidas a una gran variabilidad.

  2. En el periodismo la belleza de la prosa sólo cuenta en algunos casos especiales, como las notas de opinión que se aproximan al ensayo literario. En el resto, tanto en el relato de hechos como en los comentarios, la buena prosa periodística es la que, además de respetar las normas gramaticales, se ajusta a las condiciones de claridad, objetividad, razonabilidad y lógica. En cambio, en la literatura la belleza del estilo –sea en prosa o en verso- es componente esencial del valor del texto. A veces esta belleza se destruye en las traducciones por medio de un simple cambio en la sintaxis, que a su vez introduce leves cambios en los significados. Por ejemplo, el gran poeta francés contemporáneo Yves Bonnefoy escribe, en uno de sus poemas, esta frase que aquí se ofrece traducida literalmente, palabra por palabra:

    Morir es un país que amabas

    Pero un traductor la vertió de este modo:

    Amabas el país de la muerte


    El significado es, en cierta medida, el mismo, pero la sintaxis (ordenamiento de las palabras y relaciones entre ellas) es distinta. Y este cambio de sintaxis implica leves cambios de significado: en el original se afirma que morir es un país; en la traducción se habla, en cambio, de algo más vulgar y trillado, el país de la muerte, similar a la conocida imagen el reino de la muerte. Con este leve cambio el poema pierde originalidad y se hace más vulgar. La traducción literal es, desde el punto de vista de la belleza, muy superior a la otra, además de ser más fiel. Éste es sólo un ejemplo. No siempre la traducción literal conserva el sentido ni la belleza, pero en materia de traducción siempre es conveniente partir de la traducción literal y luego introducir el menor número posible de cambios para conservar sentido y belleza.


    Por supuesto que el concepto de belleza es impreciso y tiene una fuerte carga de subjetividad. Pero no hay duda de que ella tiene algo que ver con la originalidad, con el descubrimiento de relaciones profundas entre las cosas, con la variedad de sensaciones evocadas y, también, con el ritmo y el sonido de la frase. Leamos, por ejemplo, una larga oración extraída de la novela El arpa y la sombra, del escritor contemporáneo Alejo Carpentier:


    A ambos lados del largo, larguísimo camino, seguido entre paredes de salas y galerías, pasaban óleos oscuros, retablos ensombrecidos por el tiempo, tapicerías apagadas en sus tintes, que mostraban acaso, para quien los mirara con curiosidad de forasteros visitantes, alegorías mitológicas, sonadas victorias de la fe, orantes rostros de bienaventurados o episodios de ejemplares hagiografías.

    Aquí el ritmo está dado por la sucesión de expresiones que evocan objetos (óleos, retablos), o bien escenas (alegorías mitológicas, orantes rostros), colocadas entre comas. Pero este ritmo no es uniforme sino que está marcado por frases de extensión diversa. Una muy breve (óleos oscuros), otras más largas (retablos ensombrecidos por el tiempo), luego otra más o menos de la misma longitud (tapicerías apagadas en sus tintes), después una breve otra vez (alegorías mitológicas), luego otra más larga (sonadas victorias de la fe) y finalmente dos que suenan como una sola bastante larga porque no están separadas por coma (orantes rostros de bienaventurados o episodios de ejemplares hagiografías). Por otra parte, los distintos objetos o escenas van configurando, con el ritmo que ya hemos mencionado, una atmósfera de antiguas obras de arte consagradas a la exaltación de la fe religiosa. El logro de esa atmósfera y de ese ritmo, por medio de un lenguaje rico y de excelente construcción, configura un ejemplo de lo que denominamos belleza literaria.

    Las frases largas son propicias para desplegar un lenguaje suntuoso y adornado, pero no siempre es necesario recurrir a ellas para lograr un bello estilo. De la novela En nombre de Dios, de la escritora argentina contemporánea Patricia Sagastizábal, se extraen las dos siguientes citas, una breve y la otra muy breve, pero igualmente bellas.

    Refiriéndose a los libros de San Ignacio de Loyola, el supuesto narrador de la novela dice:


    En aquella primera época estos sagrados preceptos amedrentaron nuestros espíritus y plagaron de temores nuestras noches.

    En esta breve y cadenciosa frase se caracterizan con notable vivacidad los efectos producidos por la lectura del fundador de la orden jesuítica. El otro ejemplo, más breve aún, es el siguiente.

    Después de afirmar que su padre era un hombre práctico, afecto a despreciar el temor, el narrador dice:    

    No conocía las desventuras de la perplejidad.

    El interés literario de esta frase reside en dos aspectos: primero, el de trazar con una rápida pincelada el carácter del padre. Por una parte, ese hombre no conocía la perplejidad, o sea que tenía ideas seguras y firmes; y por otra, no conocía las desventuras que le hubiera acarreado la perplejidad, por lo que se intuye que era un hombre feliz en sus convicciones. El segundo aspecto que provoca el interés de esta frase consiste, precisamente, en asociar de un modo contundente y repentino la perplejidad con la desventura, lo cual no es obvio: no siempre el que se queda perplejo ante algo se siente a la vez desdichado. Lo que quizá sugiere la autora, a través del supuesto narrador, es que si se ahonda la perplejidad acerca de cuestiones fundamentales, no es posible mantener una dichosa calma espiritual: alguna desventura se ha de sufrir.

    La novela de Patricia Sagastizábal alterna frases cortas con otras largas y cadenciosas, de noble estilo, como las dos siguientes:


    No perdía ocasión de repetirlo en cada comida, mezclando los conceptos de lealtad con las sopas y los higos y luego con el tibio aroma de los confites, en las penumbras de aquellas siestas de infancia. Él eligió para mi educación la rigurosa orientación de los jesuitas, quienes en poco tiempo lograron dominar mi carácter impulsivo y pusieron cauce a mis ansiedades, a través del ascetismo y el estudio.
     

CONCISIÓN Y OBJETIVIDAD

A la objetividad ya nos hemos referido brevemente. Sobre la concisión diremos que no es una virtud en sí misma sino que su valor depende del contexto. Si lo que se desea es dar información objetiva sobre un hecho, la concisión es altamente recomendable. Por eso resulta valiosa en el periodismo de tipo informativo. Pero la concisión no se logra simplemente usando pocas palabras y frases breves, sino transmitiendo mediante ellas toda la información que se desea transmitir. Si se usan pocas palabras y frases breves pero al lector le quedan muchas dudas acerca de lo sucedido, no se puede decir que el relato haya sido conciso. En literatura la concisión puede ser un valor, como en la citada frase de Patricia Sagastizábal: No conocía las desventuras de la perplejidad, pero en otras ocasiones no es deseable, como sería el caso de la frase de Alejo Carpentier citada más arriba. Se podría haber dado una información equivalente usando menos palabras, pero en tal caso se hubieran perdido, quizá, el ritmo y la atmósfera a los que hemos aludido al comentar esa frase.

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