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CLASE
3. Periodismo y Literatura. Semejanzas y diferencias
entre ambas modalidades de escritura. Concisión y objetividad.
SEMEJANZAS
Y DIFERENCIAS
Semejanzas
- En
ambos casos se debe escribir correctamente, es decir,
respetando las reglas gramaticales y ortográficas.
En este sentido cabe reconocer que, en términos generales,
el periodismo escrito argentino es bastante correcto.
Conviene tomar en cuenta, sin embargo, las incorrecciones
más habituales
- En
muchas ocasiones se usa el pronombre en singular,
le, cuando corresponde el plural les.
Ejemplos: (a) ETA no le quitará el rol clave
a los nacionalismos. (El Día, de La
Plata, 12-3-2000, título en página 3.) El pronombre
“le” se refiere a “los nacionalismos” y en consecuencia
debería sustituirse por “les”. (b) ...busca
el narrador rescatar algo que le hable a sus deseos.
(La Nación, de Buenos Aires, 12-3-2000,
pág. 1 de la sección 6ª, dedicada a Cultura. Nota
de Edgardo Cozarinsky, penúltima línea). Si la
frase fuera “busca el narrador rescatar algo que
le hable”, estaría bien porque el pronombre “le”
se referiría en tal caso al narrador; pero en
la oración transcripta dicho pronombre se refiere
a “sus deseos”, que es plural. Este ejemplo es
particularmente notable porque está tomado de
un texto perteneciente a un destacado intelectual
de vasta cultura, escritor y cineasta. Puede ser
un error de dactilografía.Con respecto a este
uso del pronombre “le” cabe hacer un comentario
más general: dicho uso es redundante y sólo debería
admitirse cuando se desea poner un particular
énfasis en el complemento indirecto (los nacionalismos
en el primer ejemplo y sus deseos en el
segundo). En los dos ejemplos mencionados no parece
estar justificado el uso del pronombre, pues es
evidente que las frases pueden redactarse así:
ETA no quitará el rol clave a los nacionalismos
y ...busca el narrador rescatar algo que hable
a sus deseos, con lo cual no se pierde nada
del significado y se gana en elegancia.
- Hay
confusiones de género. Una de las más comunes
se refiere a la palabra “automotriz”, que es de
género femenino pero se la suele emplear como
si fuera de género masculino.
Ejemplo: Hay problemas en el sector automotriz.
Si se quiere mantener la estructura de la oración
se debe escribir:
Hay problemas en el sector automotor.
O bien, sin conservar totalmente la estructura:
Hay problemas en la industria automotriz. (Obviamente, no es lo mismo sector que industria, de
modo que no siempre es aconsejable esta versión).
Otros ejemplos de uso correcto son:
La fuerza motriz de la campaña fue el entusiasmo,
y El elemento motor de la campaña fue el entusiasmo.
- Bastante a menudo se escribe de acuerdo a en vez de de acuerdo
con, que es lo correcto.
Ejemplo: El empleado actuó de acuerdo a las instrucciones
recibidas.
¿Por qué corresponde decir “de acuerdo con” y
no “de acuerdo a”? Por razones de homogeneidad:
si decimos “Estoy de acuerdo con usted” y no “Estoy
de acuerdo a usted”, no hay ninguna razón para
cambiar la preposición “con” por “a” en otros
usos análogos de la expresión “de acuerdo”.
- Dequeísmo y queísmo. Se llama dequeísmo al vicio consistente
en emplear la expresión “de que” cuando corresponde
“que”, y queísmo al vicio inverso. Hay
una regla general, inspirada también en razones
de homogeneidad, que permite establecer en qué
casos corresponde “de que” y en qué casos corresponde
“que”. Aclaremos ante todo que lo que está “en
duda” es el uso de la preposición “de”, pues estamos
analizando casos en los que figura la palabra
“que”. Para saber si corresponde anteponer o no
la preposición “de” a la palabra “que”, la regla
indica que se deben formar dos expresiones del
tipo siguiente:
EXPRESIÓN INICIAL – de – una cosa
EXPRESIÓN INICIAL - una cosa
Explicación: La expresión “una cosa” que aparece
al final y en minúscula se debe mantener tal cual
es en las aplicaciones de la regla, sin cambiarla
por otra. Por ejemplo, si queremos averiguar si
se debe decir “pienso que” o “pienso de que”,
aplicamos la regla de este modo:
Pienso
de una cosa
Pienso una cosa
Si la primera es la correcta corresponde usar
“de que”; si lo es la segunda, corresponde solamente
“que”. Es evidente que, en este ejemplo, la segunda
oración es la correcta y entonces no corresponde
usar “de que” a continuación de “pienso”, sino
simplemente “que”. Si se dice “pienso de que”
se incurre en dequeísmo. Veamos ahora si corresponde
decir “se dio cuenta de que” o “se dio cuenta
que”.
Aplicamos la regla:
Se dio cuenta de una cosa
Se dio cuenta
una cosa
Es evidente que la primera oración es la correcta
y entonces corresponde usar “de que” a continuación
de “se dio cuenta”. Si se dice “se dio cuenta
que” se incurre en queísmo. La “duda” entre “que”
y “de que” aparece generalmente a continuación
de ciertos verbos o expresiones verbales (Pienso,
se dio cuenta, etc.), pero puede presentarse
también en el caso de sustantivos. Por ejemplo:
¿se debe decir “la suposición de que mañana llueva”
o “la suposición que mañana llueva”? Apliquemos
la regla:
Suposición
de una cosa
Suposición una cosa
Se ve que la primera frase es la correcta y que,
en consecuencia, corresponde decir “la suposición
de que mañana llueva
Vale la pena observar que, tanto en el periodismo
como en la literatura, el dequeísmo es en la actualidad
muy poco frecuente, pero en cambio el queísmo
abunda: me doy cuenta que, me acuerdo que,
te prevengo que, te informo que, etc. Como
caso especial conviene notar que, si bien la expresión
verbal “me acuerdo” exige la preposición “de”,
el verbo “recuerdo” no la admite. Se debe decir
“Me acuerdo de que tú estabas presente” y “Recuerdo
que tú estabas presente”. Con "informar"
sucede algo parecido: son correctas las expresiones
te informo de que e informo que.
Todos estos casos se resuelven con la regla práctica
mencionada más arriba.
-
Otras expresiones de mal uso frecuente son: “en
base a” en vez de la correcta “sobre la base de”,
y “bajo el punto de vista” en vez de la correcta
“desde el punto de vista”. La razón en ambos casos
se vincula con el significado de los términos.
En el primer caso, no se construye algo en
una base sino sobre una base; y en
el segundo caso, si uno se coloca bajo un punto
de vista corre el riesgo de no ver nada o
de ver algo equivocadamente.
-
Tanto en el periodismo como en la literatura es recomendable
no usar expresiones demasiado obvias y trilladas,
como por ejemplo:
El niño, con la inocencia propia de su edad,
siguió al hombre
Rápido como el rayo, se abalanzó sobre
su presa
El manto negro de la noche
se extendió sobre la ciudad
Aunque las expresiones obvias resultan siempre de
mal gusto, algunas son más tolerables en el periodismo
que en la literatura. Por ejemplo:
El asesino, poniendo en evidencia su crueldad,
le aplicó veinticinco puñaladas
Distinta es la situación si se relatan los hechos
objetivamente (El asesino le aplicó veinticinco
puñaladas) y luego se hace un comentario, por
ejemplo: Esta crueldad llamó la atención del juez.
En este caso no hay objeciones. A su vez el juez,
que está obligado a fundamentar cuidadosamente sus
afirmaciones, puede decir y escribir, válidamente:
El hecho de que el acusado haya aplicado veinticinco
puñaladas a la víctima pone en evidencia una crueldad
que lo hace sumamente peligroso. En este caso,
mencionar la crueldad sirve al juez como fundamento
para su afirmación acerca de la peligrosidad del reo.
Diferencias
- En
el periodismo, tanto el relato de los hechos como
los comentarios están fuertemente condicionados por
la claridad, la objetividad, la razonabilidad y la
lógica, las cuales no constituyen pautas obligatorias
para la literatura, sobre todo para la poesía y la
literatura de ficción. El género literario en el que
mayor vigencia tienen esas pautas es la narrativa
realista (cuento o novela). El desarrollo de una narración
literaria de corte realista debe ceñirse tanto como
un relato periodístico a las condiciones de razonabilidad
y de lógica: la razonabilidad exige que lo que se
cuenta y lo que se supone acerca de lo que se cuenta
sea creíble y no parezca un mero fruto de la fantasía
(aunque lo sea, en el caso de la literatura); la lógica
exige que no haya contradicciones y que las deducciones
que se efectúen sean correctas. La objetividad y la
claridad merecen explicación aparte. En el periodismo
ambas son imperativos inexcusables, tanto para el
relato de hechos como para los comentarios y los análisis.
En la narrativa realista se debe dar la impresión
de objetividad pero con respecto a una obra de ficción
no cabe hablar de objetividad en sentido estricto.
En cuanto a la claridad, tampoco es estrictamente
necesaria en la narrativa realista. Puede ser que
algunas frases sean muy elaboradas, complejas e inclusive
oscuras, sin que ello disminuya la calidad literaria
del texto.
Para la poesía y la narrativa no realista no vale
ninguna de las cuatro exigencias (claridad, objetividad,
razonabilidad y lógica). Por otra parte, el ensayo
es un género literario en el que el autor vierte sus
opiniones acerca de uno o varios temas; el respeto
por la lógica es imprescindible pero la exigencia
de razonabilidad es menos estricta: las opiniones
de un ensayista pueden parecer muy poco razonables
e inclusive descabelladas, pero ello no necesariamente
quita valor literario al texto y, además, éste puede
tener interés por la forma en que el autor defiende
sus creencias. Tampoco la objetividad es exigible
en toda obra ensayística, pues ésta puede consistir,
en variable medida, en impresiones subjetivas del
autor. La claridad es deseable pero se admiten ensayos
cuya construcción dé lugar a ciertas oscuridades.
El género ensayo es tan vasto que, mientras por un
extremo se acerca a una exposición científica, por
otro puede lindar con la poesía. De más está decir
que en esta extensa gama las exigencias de claridad,
objetividad, razonabilidad y lógica están sometidas
a una gran variabilidad.
-
En el periodismo la belleza de la prosa sólo cuenta
en algunos casos especiales, como las notas de opinión
que se aproximan al ensayo literario. En el resto,
tanto en el relato de hechos como en los comentarios,
la buena prosa periodística es la que, además de respetar
las normas gramaticales, se ajusta a las condiciones
de claridad, objetividad, razonabilidad y lógica.
En cambio, en la literatura la belleza del estilo
–sea en prosa o en verso- es componente esencial del
valor del texto. A veces esta belleza se destruye
en las traducciones por medio de un simple cambio
en la sintaxis, que a su vez introduce leves cambios
en los significados. Por ejemplo, el gran poeta francés
contemporáneo Yves Bonnefoy escribe, en uno de sus
poemas, esta frase que aquí se ofrece traducida literalmente,
palabra por palabra:
Morir es un país que amabas
Pero un traductor la vertió de este modo:
Amabas el país de la muerte
El significado es, en cierta medida, el mismo, pero
la sintaxis (ordenamiento de las palabras y relaciones
entre ellas) es distinta. Y este cambio de sintaxis
implica leves cambios de significado: en el original
se afirma que morir es un país; en la traducción se
habla, en cambio, de algo más vulgar y trillado, el
país de la muerte, similar a la conocida imagen
el reino de la muerte. Con este leve cambio
el poema pierde originalidad y se hace más vulgar.
La traducción literal es, desde el punto de vista
de la belleza, muy superior a la otra, además de ser
más fiel. Éste es sólo un ejemplo. No siempre la traducción
literal conserva el sentido ni la belleza, pero en
materia de traducción siempre es conveniente partir
de la traducción literal y luego introducir el menor
número posible de cambios para conservar sentido y
belleza.
Por supuesto que el concepto de belleza es impreciso
y tiene una fuerte carga de subjetividad. Pero no
hay duda de que ella tiene algo que ver con la originalidad,
con el descubrimiento de relaciones profundas entre
las cosas, con la variedad de sensaciones evocadas
y, también, con el ritmo y el sonido de la frase.
Leamos, por ejemplo, una larga oración extraída de
la novela El arpa y la sombra, del escritor
contemporáneo Alejo Carpentier:
A ambos lados del largo, larguísimo camino, seguido
entre paredes de salas y galerías, pasaban óleos oscuros,
retablos ensombrecidos por el tiempo, tapicerías apagadas
en sus tintes, que mostraban acaso, para quien los
mirara con curiosidad de forasteros visitantes, alegorías
mitológicas, sonadas victorias de la fe, orantes rostros
de bienaventurados o episodios de ejemplares hagiografías.
Aquí el ritmo está dado por la sucesión de expresiones
que evocan objetos (óleos, retablos), o bien escenas
(alegorías mitológicas, orantes rostros), colocadas
entre comas. Pero este ritmo no es uniforme sino que
está marcado por frases de extensión diversa. Una
muy breve (óleos oscuros), otras más largas (retablos
ensombrecidos por el tiempo), luego otra más o menos
de la misma longitud (tapicerías apagadas en sus tintes),
después una breve otra vez (alegorías mitológicas),
luego otra más larga (sonadas victorias de la fe)
y finalmente dos que suenan como una sola bastante
larga porque no están separadas por coma (orantes
rostros de bienaventurados o episodios de ejemplares
hagiografías). Por otra parte, los distintos objetos
o escenas van configurando, con el ritmo que ya hemos
mencionado, una atmósfera de antiguas obras de arte
consagradas a la exaltación de la fe religiosa. El
logro de esa atmósfera y de ese ritmo, por medio de
un lenguaje rico y de excelente construcción, configura
un ejemplo de lo que denominamos belleza literaria.
Las frases largas son propicias para desplegar
un lenguaje suntuoso y adornado, pero no siempre es
necesario recurrir a ellas para lograr un bello estilo.
De la novela En nombre de Dios, de la escritora
argentina contemporánea Patricia Sagastizábal, se
extraen las dos siguientes citas, una breve y la otra
muy breve, pero igualmente bellas.
Refiriéndose a los libros de San Ignacio de Loyola,
el supuesto narrador de la novela dice:
En aquella primera época estos sagrados preceptos
amedrentaron nuestros espíritus y plagaron de temores
nuestras noches.
En
esta breve y cadenciosa frase se caracterizan con
notable vivacidad los efectos producidos por la lectura
del fundador de la orden jesuítica. El otro ejemplo,
más breve aún, es el siguiente.
Después de afirmar que su padre era un hombre práctico,
afecto a despreciar el temor, el narrador dice:
No conocía las desventuras de la perplejidad.
El interés literario de esta frase reside en dos
aspectos: primero, el de trazar con una rápida pincelada
el carácter del padre. Por una parte, ese hombre no
conocía la perplejidad, o sea que tenía ideas seguras
y firmes; y por otra, no conocía las desventuras
que le hubiera acarreado la perplejidad, por lo que
se intuye que era un hombre feliz en sus convicciones.
El segundo aspecto que provoca el interés de esta
frase consiste, precisamente, en asociar de un modo
contundente y repentino la perplejidad con la desventura,
lo cual no es obvio: no siempre el que se queda perplejo
ante algo se siente a la vez desdichado. Lo que quizá
sugiere la autora, a través del supuesto narrador,
es que si se ahonda la perplejidad acerca de cuestiones
fundamentales, no es posible mantener una dichosa
calma espiritual: alguna desventura se ha de sufrir.
La novela de Patricia Sagastizábal alterna frases
cortas con otras largas y cadenciosas, de noble estilo,
como las dos siguientes:
No perdía ocasión de repetirlo en cada comida, mezclando
los conceptos de lealtad con las sopas y los higos
y luego con el tibio aroma de los confites, en las
penumbras de aquellas siestas de infancia. Él eligió
para mi educación la rigurosa orientación de los jesuitas,
quienes en poco tiempo lograron dominar mi carácter
impulsivo y pusieron cauce a mis ansiedades, a través
del ascetismo y el estudio.
CONCISIÓN Y OBJETIVIDAD
A
la objetividad ya nos hemos referido brevemente. Sobre
la concisión diremos que no es una virtud en sí misma
sino que su valor depende del contexto. Si lo que se
desea es dar información objetiva sobre un hecho, la
concisión es altamente recomendable. Por eso resulta
valiosa en el periodismo de tipo informativo. Pero la
concisión no se logra simplemente usando pocas palabras
y frases breves, sino transmitiendo mediante ellas toda
la información que se desea transmitir. Si se usan pocas
palabras y frases breves pero al lector le quedan muchas
dudas acerca de lo sucedido, no se puede decir que el
relato haya sido conciso. En literatura la concisión
puede ser un valor, como en la citada frase de Patricia
Sagastizábal: No conocía las desventuras de la perplejidad,
pero en otras ocasiones no es deseable, como sería el
caso de la frase de Alejo Carpentier citada más arriba.
Se podría haber dado una información equivalente usando
menos palabras, pero en tal caso se hubieran perdido,
quizá, el ritmo y la atmósfera a los que hemos aludido
al comentar esa frase.
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