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SECCIÓN CIENCIA
Perfil
Julia Pustelnik, científica argentina radicada en los Estados Unidos.
Dotada de un fino sentido del humor la científica argentina Julia Pustelnik, quien se encuentra abocada a la investigación de un revolucionario tratamiento para enfermos de diabetes, muestra su faceta más nostálgica al recordar escenas vividas en su país natal.
Cada vez que viene a Buenos Aires, regresa a Estados Unidos, su lugar de residencia desde hace 25 años, con la sensación de que se pierde algo, de que la vida transcurre allá mientras aquí suceden las cosas importantes: la vida familiar, la identidad, el compartir vivencias pasadas con personajes que conocen su historia personal y que la constituyen como sujeto perteneciente al suelo donde nació y donde quiere morir.
Recuerda episodios de su infancia con un gesto aniñado que por momentos choca con su voz aguardentosa. Más allá de haber sufrido episodios de discriminación religiosa, no parece haber tenido una infancia con grandes privaciones.
Siendo la hija mayor de una acomodada familia de padres profesionales, la vida no la despojó de acontecimientos traumáticos. Su adolescencia fue atravesada por la situación social y política del país y ello se trasluce en la sombría mirada que en ocasiones asalta su rostro.
Víctima de algunos de los rasgos más perversos de nuestra argentinidad relata con unas breves pinceladas el clima de época de los penosos años setenta: “me acuerdo del primer cadáver que vi, fue en un velorio. Yo era adolescente y el cadáver era de un amigo que habían matado en la marcha por la liberación de los presos políticos en la cárcel de Devoto. Nunca antes había visto nada así porque los judíos velamos a los muertos a cajón cerrado. Me impresionó pensar que dos noches atrás habíamos estado jugando al pócker y ahora... nada, ¡puf!, se terminó”.
Niña desenvuelta, inquieta y soñadora, le daba por leer tanto poesías, novelas del corazón como textos fundacionales para agenciar algunas concepciones del mundo y de la vida.
Su devoción por la investigación se manifestó de pequeña al deslumbrarse ante la alquimia provocada por algunas combinaciones de sustancias químicas.
Una tragedia familiar durante su adolescencia la condujo a intuir que había algo desconocido, maravilloso y misterioso en el cuerpo humano: “la siguiente vez que me enfrenté con la fragilidad del ser humano, fue cuando mi vieja tuvo el primer derrame cerebral. De pronto, de la noche al día, mi mamá dejó de ser la mamá que yo conocía y pasó a vivir en su cuerpo una persona extraña”.
Asegura que su madre ha influido en su formación profesional: “a mi mamá le fascinaban todos los descubrimientos que estaban sucediendo en el mundo y de alguna manera me lo transmitió. Muchos de ellos llegaron a la Argentina alrededor de los '50 y esos avances fueron los mayores hitos científicos. Mi mamá hablaba de la higiene y los microbios, de músculos y enfermedades, en parte por su formación como odontóloga y también por el momento histórico en el que le tocó vivir: el descubrimiento de muchas vacunas como la anti-polio, y medicinas como la penicilina”.
Entre sus libros preferidos menciona un volumen de la Enciclopedia Colliers que tenía imágenes del cuerpo humano en transparencias sucesivas: “me pasé horas mirándolo”.
Intrépida, audaz, no dudó en cambiar de rumbo cuando vio que su barco había tomado una dirección imprecisa. Con ganas e inconciencia encaró para el norte con su marido y su pequeño hijo, para armar un hogar en un país que le resultara menos hostil o por lo menos, que no le doliera.
Sensible, histriónica y apasionada a la hora de defender el acceso de la población a la salud, divulga su investigación en transplantes de islotes de páncreas que lleva a cabo en el National Institues of Health de los EEUU.
De su paso por Buenos Aires queda la esperanza de que los pacientes con diabetes puedan tener una mejor calidad de vida.
Andrea Santapaola
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